jueves, junio 15, 2006

CÍNICA ADOLESCENCIA: MARTÍN ADÁN y LA CASA DE CARTÓN



La Muerte frente a un mar que nunca se quiebra ante los ojos de Ramón y que, a pesar de su aparente desorden en el modo de ver la vida, había realmente un orden, porque Ramón –mas que ningún otro- la tenía clara desde el principio. Di lo que se te ocurra, juguemos al sicoanalisis, persigamos viejas, hagamos chistes…Todo, menos morir”


Hace muchos años cuando leí la Casa de Cartón de Martín Adán fue grande y grata la impresión que causó dicha obra en mí al generar ese impacto primario y “de saque” que solo los genios de la tinta causan en el lector. Lo huracanado de su lectura (que fue llevada a cabo en forma nocturnal y a vela, pues Lima era presa de apagones y dinamitazos) me inspiró en aquellos años un relato mediocre que escribí y que luego sería publicada en una revista Universitaria.

Un amigo –compinche de cigarrillos y de olvidables pedos literarios- identificó mi relato con Borges, y en aquel entonces -hoy debo confesarlo- hice un silencio cómplice y bobalicón, a pesar de saber que estaba equivocado. No hubo otra intención en mí que escribir “masquesea” algunos párrafos que tengan la misma calidad de La Casa de Cartón, con toda su belleza estilística, con toda su sonoridad de prosa de adolescente que no cae en la ramplonería del leguaje sencillo y vulgar, sino en prosa de tropel fina y furiosa que en cada línea describe el amor y el fracaso como fundidas en hierro, como hermanadas para siempre al canto velado de un malecón siempre lleno de borrachos, muchachas pudorosas, putas gordas y afrancesadas, y cenizos cincuentones en busca de un pubis virginal como si del vellocino de oro se tratase. Todo esto bajo la mirada de Ramón (el personaje principal del relato), tan adolescente, tan tierno, tan irreverente, tan decididamente absurdo, tan sofisticado, tan onírico, tan teofísico, tan contracorriente, tan oloroso a soledad y a muerte.


“La Casa de Cartón” es el relato de la soledad que se detiene en la adolescencia, de la adolescencia que se corta con el verano porque pasaremos a convertirnos en Jóvenes (y montarnos la carga de pensar en el futuro), y luego en adultos barrigones, aburridos, burros y flatulentos, y en postulantes a muertos que aceptan (con resignación) ser memorables a través de los obituarios.
Extracto del inolvidable relato:
"LA CASA DE CARTÓN"
“Mi primer amor tenía doce años y las uñas negras. Mi alma rusa de entonces, en aquel pueblecito de once mil almas y cura publicista, amparó la soledad de la muchacha más fea con un amor grave, social, sombrío, que era como una penumbra de sesión de congreso internacional obrero. Mi amor era vasto, oscuro, lento, con barbas, anteojos y carteras, con incidentes súbitos, con doce idiomas, con acecho de la policía, con problemas de muchos lados. Ella me decía, al ponerse en sexo: eres un socialista. Y su almita de educanda de monjas europeas se abría como un devocionario íntimo por la parte que trata del pecado mortal.

Mi primer amor se iba de mí, espantada de mi socialismo y mi tontería. “No vayan a ser todos socialistas...” Y ella se prometió darse al primer cristiano viejo que pasara, aunque este no llegara a los doce años. Solo ya, me aparté de los problemas sumos y me enamoré verdaderamente de mi primer amor. Sentí una necesidad agónica, toxicomaníaca, de inhalar, hasta reventarme los pulmones, el olor de ella; olor de escuelita, de tinta china, de encierro, de sol en el patio, de papel del estado, de anilina, de tocuyo vestido a flor de piel – olor de la tinta china, flaco y negro -, casi un tiralíneas de ébano, fantasma de vacaciones... Y esto era mi primer amor”.

“Mi segundo amor tenía quince años de edad. Una llorona con la dentadura perdida, con trenzas de cáñamo, con pecas en todo el cuerpo, sin familia, sin ideas, demasiado futura, excesivamente femenina... Fui rival de un muñeco de trapo y celuloide que no hacia sino reírse de mí con una bocaza pilluela y estúpida.

Tuve que entender un sinfín de cosas perfectamente ininteligibles. Tuve que decir un sinfín de cosas perfectamente indecibles. Tuve que salir bien en los exámenes, con veinte – nota sospechosa, vergonzosa, ridícula: una gallina delante de un huevo -. Tuve que verla a ella mimar a sus muñecas. Tuve que oírla llorar por mí. Tuve que chupar caramelos de todos los colores y sabores. Mi segundo amor me abandonó como en un tango: un malevo...”

“Mi tercer amor tenía los ojos lindos, y las piernas muy coquetas, casi cocotas. Hubo que leer a Fray Luis de León y a Carolina Invernizzio. Peregrina muchacha... no sé por qué se enamoró de mí. Me consolé de su decisión irrevocable de ser amiga mía después de haber sido casi mi amante, con las doce faltas de ortografía de su ultima carta”.

“Mi cuarto amor fue Catita”.

“Mi quinto amor fue una muchacha sucia con quien pequé casi en la noche, casi en el mar. El recuerdo de ella huele como ella olía, a sombra de cinema, a perro mojado, a ropa interior, a repostería, a pan caliente, olores superpuestos y, en sí mismo, individualmente, casi desagradables, como las capas de las toratas, jenjibre, merengue, etcétera. La suma de olores hacía de ella una verdadera tentación de seminarista. Sucia, sucia, sucia... Mi primer pecado mortal...”.
("La Casa de Cartón" año: 1928, Martín Adán).

1 Comentarios:

Blogger El Dueño de los Cajones dijo...

Llegué acá buscando más información sobre Santiago del Prado y me encontré con tu genial blog.
me quedé revisando varias cosas.

Mis saludos!

3:03 p.m.  

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